Contenido Principal

Translate

Si Dios existe ¿Por qué permite el mal?

Si Dios quiere impedir el mal pero no puede, entonces no es omnipotente.
Si puede pero no quiere impedirlo, entonces es malévolo.
Si puede y quiere impedirlo, entonces ¿cómo es qué existe el mal?
Si no puede ni desea impedirlo, entonces ¿por qué llamarlo Dios?

Esta pregunta ¿Si Dios existe, por qué permite el mal?, es conocida como paradoja de Epicuro (340 a.C.) un ateo contrario a Platón. Y de quien los ateos alegremente elogian "su lógica aplastante"

  * * * * * * *


Pero la explicación del Cristianismo Místico Rx. a tal paradoja, es que:

Para todos los humanos es imprescindible enfrentar el Mal en todas sus formas, en todas sus dimensiones y durante muchas vidas, a fin de aprender qué, y cómo es; para reconocer cuando ataca y cómo engaña; y sobre todo para aprender a dominarlo completamente, en todas las condiciones y circunstancias de nuestra vida.

Porque al dominarlo y definitivamente vencerlo, evolucionamos con el propósito de alcanzar la perfección espiritual; y así algún día todavía lejano, volver al Mundo de Dios, del cual procedemos.

Porque nosotros fuimos creados como espíritus originales, a semejanza espiritual (no material) de Dios, y con sus mismas potencialidades, las que en teoría estamos desarrollando actualmente, y que finalmente llegaremos a manifestarlas.
- - - - - - -

Les respondió Jesús: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? - San Juan 10:34.

Por tanto, tenemos que crecer, elevarnos y fortalecernos enormemente. Y esto jamás lo lograríamos, si vivimos tranquilamente donde ningún mal nos alcance, y donde estemos protegidos hasta de las malas miradas.

Por el contrario, tenemos que correr la vida y rodar por el mundo; enfrentando y superando todas las vicisitudes, las dificultades y todos los males; así como también reconocer y superar los engaños de los demonios, Satán incluido.

Porque sólo así alcanzaremos el verdadero propósito y la razón de nuestra existencia y nuestra presencia en el mundo.

Claro que muchas veces fracasamos, pero con cada fracaso aprendemos y nos fortalecemos, para algún día llegar a vencer totalmente al mal.

Lo mismo podemos decir respecto al sufrimiento, y además no olvidemos la Ley de Causa y Efecto, porque nuestros grandes errores nos producen graves consecuencias.

No son castigos, sino sólo consecuencias.
Hay mucho sufrimiento porque otra vez los humanos estamos lejos del camino del Bien, el mismo camino que debería llevarnos nuevamente al Mundo de Dios.

Pero ahora por nuestros extravíos tenemos que enfrentar las graves consecuencias del mal. Y como aún así persistimos, el Destino nos regresa al buen camino a través del sufrimiento.


Desde la remota antigüedad muchas veces la humanidad se alejó del Bien; y para redimirla fue indispensable la intervención celestial, cuando ya estaba completamente perdida y no podía redimirse por sí misma.

La última vez que esto fue necesario había tanta perversidad, que la humanidad ya sólo podía ser auxiliada por Dios Hijo, Cristo, con Su Sangre Purificadora. Y Él nos dejó el Cristianismo, que consiste en Amar a Dios y al Prójimo.

Y nos dejó el Padre Nuestro, oración que tiene el Poder Divino que Cristo le confiere. Pero que trágicamente  clérigos y seglares la desestiman; porque prefieren esas oracioncitas egoístas, hechas por humanos.

Y ¿Amar a Dios, 
es para beneficiarlo? 
No. Es para activar el conductor por el cual hemos de recibir Sus bendiciones.

¿Y amar al prójimo por qué?
Porque más que hermanos, los humanos constituimos un mismo ser, la Humanidad, igual que las gotas de agua del océano, y por tanto, dañar a nuestro prójimo es dañarnos a nosotros mismos.
Somos átomos espirituales emanados de Dios, creados a Su imagen y semejanza 
espiritual; que no es semejanza corporal.

Pero debido a que esta razón no resulta suficiente para que nosotros sigamos el Camino del Bien; entonces individual y colectivamente tenemos que encontrarlo y seguirlo, obligados por el sufrimiento.

Cómo encontrar el Santo Grial

El joven y ambicioso caballero Sir Launfal, cubierto con trajes lujosos y con su brillante armadura, parte de su castillo para ir en búsqueda del Santo Grial.

En su estandarte lleva la cruz, símbolo de la benignidad y ternura de nuestro Salvador, el amoroso y humilde Cristo-Jesús. Pero su corazón rebosa de orgullo y desdén para el pobre y necesitado.

Pronto se encuentra con un leproso, al que desdeñosamente le lanza una moneda de oro, como quien le tira un hueso a un perro hambriento...

"El leproso no alza el oro del polvo,  y dice:
 Mejor para mí es el pan del pobre; y
 Mejor es la bendición de éste,
 Aunque deba retirarme de su puerta con las manos vacías.

No son verdaderas dádivas las que sólo pueden tomarse con la mano.
Porque es inútil el oro despreciable de aquel que da, sólo porque le parece obligación hacerlo.
 Pero aquel que da desde su pobreza, y para alguien que no está al alcance de su vista,
 -Ese Hilo de Belleza, sostenedor universal, que todo lo penetra y une,
 - La mano no puede abarcar toda su dádiva,
 El corazón ansioso extiende sus brazos,
 Porque Dios acompaña y provee al alma, que perece en la oscuridad".

A su regreso, Sir Launfal encuentra que otro está en posesión de su castillo; así que se dirige a la puerta de salida...

"Ya viejo y doblegado, gastado y débil,
Vuelve de su búsqueda del Santo Grial;
Poco caso hace a la pérdida de su señorío;

En su capa ya no luce la cruz,
Pero en lo profundo de su corazón lleva el signo,
La divisa del pobre y del que sufre".

Entonces, nuevamente encuentra al leproso, quien nuevamente le pide una limosna. Y esta vez el caballero responde de diferente manera...

Y Sir Launfal le dice: "veo en ti
La imagen de Aquel que murió en el madero;
Tú también tienes tu corona de espinas,
Tu también sufres los escarnios y los desprecios del mundo,
Y en tu vida no faltan
Las heridas en las manos, en los pies, y en el costado.

¡Hijo de la clemente María, reconóceme.
Mira, por Él te doy a ti!"
​​

Observa al leproso; porque sus ojos le traen recuerdos; y le reconoce, y...

 "El corazón se le hace ceniza y polvo;
Parte en dos, su única hogaza de pan,
Rompe el hielo a la orilla del arroyo,
Y le da de comer y beber al leproso.

De pronto, una transformación se opera...

"El leproso ya no está triste a su lado, sino que
Glorioso permanece ante él,
Y una Voz aún más dulce que el silencio le dice:
"¡Mira, soy yo, no temas!

En muchas tierras gastaste tu vida sin provecho,
Buscando el Santo Grial;
¡Mira, aquí está!
- Es la taza que acabas
De llenar en el arroyo para mí;
La hogaza de pan es mi cuerpo partido para ti,
Esta agua es la sangre que por ti derramé en el madero;

La Sagrada Cena se efectúa ciertamente,
En cualquier lugar, cuando aliviamos el hambre y el sufrimiento de otro.

Pues la dádiva sin el dador es estéril;
Quien da su mismo ser, alimenta a tres con su dádiva:

 A sí mismo, a su prójimo hambriento, y a mí."
​ *   *   *  *  *  *  *  ​


"Visión de Sir Launfal"
 por James Russell Lowell (1819-1891)

Más leídas